Nueva Torre de Babel 3 • 10 nov 2020 •

Esta entrada, aunque creo tiene interés como pieza independiente, ha sido escrita pensando en que sirva como una especie de apéndice a la Breve guía teórico-práctica contra la desinformación Parte I. Es por ese motivo que está incluida dentro del cuaderno de la Nueva Torre de Babel.

Tiranía, despotismo, autoritarismo, absolutismo y totalitarismo

Hay cinco modos de ejercer el poder que con frecuencia se dan por equivalentes pero que, si bien es cierto tienen en común una nota dominante, son sin embargo profundamente diferentes. Estos cinco modos son: la tiranía, el despotismo, el autoritarismo, el absolutismo y el totalitarismo.

Todos participan de un mismo rasgo que es el ser una forma de gobierno que supone un cierto exceso impositivo de gobernantes sobre gobernados; lo que, a la postre, se traduce en un abuso de poder. Pero ese exceso impositivo, ese abuso o uso excesivo se lleva acabo de maneras netamente diferentes en cada caso. Indudablemente merece la pena reparar en el detalle de estas formas y de ahí emerge una taxonomía que también sin duda será muy del gusto de nuestros queridos matemáticos a quienes hacía mención en la entrada anterior:

  • Para el tirano, el poder es una cuestión de bemoles1. Es decir de fuerza bruta, sin ceremonias ni miramientos. Es, a todas luces, la forma más básica de exceso de poder (pero a buen seguro no la más eficaz sino, al contrario, una de las que es más fácil escabullirse por la indignación que provoca el descaro con que actúa).
  • Para el déspota, las leyes son su mejor aliado. Utiliza el aparato legislativo para pasar leyes que oprimen legalmente (aunque no legítimamente). Para comprender bien cómo funciona un despotismo es necesario conocer la diferencia entre derecho y legislación cosa que generalmente no se da (ni siquiera entre personas que se dedican profesionalmente a la justicia que, sin duda lo han estudiado y lo saben –o deben saber– pero invariablemente, la mayoría de ellos, no lo tienen presente). Yo he tenido la suerte de aprender de don Dalmacio esa diferencia crucial, que ocupa un lugar central en su pensamiento, y sobre la que tendré que volver en múltiples ocasiones.
  • Para el autoritario, las profundas razones que le asisten justifican su exceso. Aunque no es moralista, es decir aunque no se impone por persuasión moral sino por el peso de su autoridad, el autoritario se basa en altos principios morales que profesa sinceramente. Muy frecuentemente, el poder autoritario tiene, en efecto, razón; no se equivoca en el fondo de las cuestiones sobre las que ejerce su excesiva autoridad, pero comete el gran error de no dejar espacio a que la gente cometa sus propios errores. Esta variedad de abuso de poder no es ni mucho menos la más eficaz en el sometimiento que ejerce, esto es, no es la más cáustica, subyugante ni esclavizante pero sí es la que infunde un mayor resentimiento, y a veces hasta odio, lo cual ocurre cuando se da que el poder autoritario es insincero y las razones que se dan son flagrantemente falsas2. Esta es la cepa autóctona de abuso de poder de los pueblos hispanos, endémica de estos pagos por el gran peso relativo que el fundamento religioso, y la auctoritas que éste conlleva, ha tenido en la acción de gobierno a lo largo de la historia de España. Volveré sobre ello ya que es un punto clave para que España empiece a comprenderse a sí misma3.
  • El absolutismo, sin embargo, es la cepa autóctona del país galo y crece –como la vid de sus dos regiones viti-vinícolas tradicionales, Burdeos y Borgoña– en dos terrenos completamente diferentes del alma francesa que dan dos resultados por completo disímiles4. Por un lado, el que se parece a las ondulantes colinas bordelenses que tuvo su cenit en Versalles y que era más bien un divetimento cortesano. Se basa en un complicado entramado de analogías y juegos intelectuales que, como la forma autoritaria de gobernar, en realidad no suponen un grave peligro de sometimiento. Probablemente lo más terrible del absolutismo sea el nombre mismo y el resentimiento que suscita, que arteramente instrumentalizado por los ingleses a lo largo de todo el siglo XVIII dio como resultado el fin de la preponderancia francesa en Europa, su debacle política, social, moral y religiosa hasta llegar a su neutralización completa hasta el día de hoy mismo en que ha quedado entronizada como el gran jarrón chino de la UE5 . Continuando con otro símil chino, cabría decir que es lo que los chinos llaman un tigre de papel. El exceso absolutista antes que intimidante resulta más bien risible de lo que es buena muestra el cuadro de Luis XIV por Rigaud donde la caracterización simbólica del monarca como el ápice del mundo (le monde, un concepto clave del absolutismo en el que no me puedo detener) proyecta más bien a quien lo contempla una desdichada y patética aura de fashion victim.6. Finalmente, una breve mención a la segunda variedad de absolutismo que es la que se desarrolla en los agrestes pliegues del alma francesa asimilables a las empinadas pendientes borgoñonas. Es preciso destacar que el absolutismo que vino de allí de amable no tiene nada. Es criminal, golpista, asesino y muy brutal. Combina aspectos de tiranía y de despotismo y se basa en algo muy francés que es la implantación de un esquema racionalista donde todo es muy bonito sobre el papel. Tuvo su máximo exponente en la Revolución Francesa y –aunque no es de raíz española– se ha aclimatado bien en tierras hispanas donde ha sido la gran desgracia de los pueblos hispanos allende los mares donde ha actuado bajo la forma de bolivarismo. España se defendió de él admirablemente bien en el XIX pero ahora surge otra vez con el PSOE después de que, estúpidamente, fuera rehabilitado por dos personas de contra-quijotesco perfil (un adúltero sinvergüenza y su pomposo e ignorante escudero) que en un momento dado tuvieron la llave de la situación política en España.
  • El totalitarismo es harina de otro costal. El sometimiento a que aspira no se ejerce principal ni primariamente por ninguno de los cauces anteriores, si bien puede –indudablemente– incorporarlos. Pero lo específicamente totalitario no es la dominación por la fuerza, por las leyes o por esquema racionalista alguno (ya sea éste el de una elaborada fantasía mitológico-clasicista o bien un desarrollo utópico). Lo específico de la dominación totalitaria es el sometimiento por control mental. No es dominación por elemento exterior interpuesto. No hay cadenas, no hay gritos, no hay palos; hay conformidad (conformity)7. Sin duda a usted esto le extrañará porque sin duda tenía a Inglaterra y al mundo anglosajón en su conjunto como el paradigma de la libertad, la democracia, el gobierno del pueblo, etc., etc. Y asociaba el totalitarismo a la Rusia soviética y la Alemania nazi, lo cual es indudable: son países que, indudablemente han pasado por fases de gobierno totalitario. Eso no tiene vuelta de hoja y no lo voy a discutir. Lo que sí voy es a exponer y argumentar la siguiente tesis que pongo en entrecomillado para que no quede lugar a dudas:

El verdadero totalitarismo, el más completo, el más profundo, el más difícil de esquivar y el que logra un mayor sometimiento es el que se presenta bajo la forma democrática y ese tiene su génesis en Inglaterra y tendrá su némesis, tarde o temprano, por las consecuencias del golpe del 3 de noviembre contra Trump porque se ha iniciado un proceso de apertura a la verdad, del que este blog forma parte, que no va a remitir

El detalle histórico de cómo esta forma de gobierno surge en Inglaterra –y cómo desde allí conquista el mundo– será motivo de la siguiente entrada de esta serie, continuación de Breve guía contra la desinformación Parte I.

El cuadro de Luis XIV por Rigaud donde la caracterización simbólica del monarca como el ápice del mundo (le monde, un concepto clave del absolutismo) proyecta más bien a quien lo contempla una desdichada y patética aura de “fashion victim”.

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  1. Para beneficio de los hermanos hispanoamericanos que me siguen la siguiente brevísima explicación ya que pueden no conocer este uso idiosincrático peninsular de la palabra bemoles,  que se usa con frecuencia como eufemismo de “cojones”. Por cierto, “cojones” ha pasado al uso del inglés americano ya como un extranjerismo más y, de hecho, se usa bastante. Eso sí, con una pronunciación ligeramente distinta pues ellos pronuncian la segunda sílaba con diptongo y h inspirada y lo que resulta es materia más que parodiable: /ko ‘hou nes/.
  2. La descarada actuación inconstitucional del gobierno de Sánchez con motivo de la pandemia es una buena muestra de ello. Está utilizando una estructura mental muy hispana, que es indudablemente un tanto paternalista,  que consiste en impedir algo “por el bien del protegido” pero sus razones son, a todas luces, completamente falsas. Cuando, en el pasado político de España, las razones del poder para ejercer el autoritarismo eran sinceras y fueron llevadas a cabo por personas de intachable comportamiento personal, el pueblo supo comprender y disculpar con humor las inconveniencias, las molestias del autoritarismo. (Probablemente ese es el mayor reproche que se le puede hacer al autoritarismo tradicional hispano: que fuera “molesto” pero, a cambio, gracias a él, gracias a estas molestias que España supo soportar, España se ha ahorrado los incontables sufrimientos que han padecido otros pueblos más “tolerantes” y “al día” como Francia y Alemania con sus terribles guerras de religión o Inglaterra con sus casi trescientos años (1533-1829) de larvada –aunque no por ello menos feroz– opresión del éthos popular inglés hasta conseguir quebrarlo y domeñarlo por completo).  Pero cuando el fundamento religioso que sustentaba la auctoritas (las razones por las que se ejerce el poder) desapareció en España dejó, eso sí, una estructura intacta de actuación autoritaria vacía de razones, hueca de contenido, lo que ha sobrevenido en todos pueblos hispánicos es no sólo una corrupción rampante y descarada sino un profundo desprecio por quien de esta forma ejerce el poder.
  3. Yo no soy heideggeriano pero Heidegger al hablar de sorge (cura) y olvido del ser hace un llamamiento legítimo a volver a preocuparse de las cuestiones de fondo –y no hay cuestiones más de fondo que las metafísicas– que son las que él reclama. Y yo, en efecto, creo que la vuelta a la indagación en el ser nacional es muy necesaria en estos momentos.
  4. Viajo en familia cada año a Francia, a un lugar próximo a la Vendée, para apreciar lo que aún queda del gran país que fue, para llorar sobre los vestigios de su autodestrucción y para reflexionar una vez más de que España no es, ni mucho menos, el summum del cainismo como con frecuencia se afirma
  5. Así es como Inglaterra consiguió arrebatar a Francia su “derecho de primogenitura”, el que le correspondía por ser objetivamente la nación que a lo largo de toda la Edad Media se construye como la más rica, poblada, vocacionalmente más culta y de más madura comprensión del cristianismo (no se olviden que cuando se habla de que “el cristianismo ha hecho a Europa” lo que la hizo son los monasterios –Cluny y Cister–tienen origen en Francia). Es lo que una nueva historiografía del siglo XVIII llamada “la segunda guerra de los cien años” está poniendo de manifiesto y de la que no he oído que nadie aquí en España se haya hecho eco.
  6. España, que nunca fue absolutista, sí fue objeto de intentos de su implantación por parte de los borbones. Pero dichos intentos patinaron sobre el èthos hispánico y dieron resultados también un poco patéticos cuyo más expresivo ejemplo es, en ni opinión, el Palacio Real de Madrid. Pero eso es otra historia; ya lo aclararé si a alguien le interesa.
  7. Para el que no lo sepa, el problema religioso en Inglaterra que se dio desde el cisma enriciano de 1533 estuvo abierto y en carne viva durante más de siglo y medio (hasta el golpe de estado de 1688). Pues bien, en todos esos años la palabra clave es conformity que hace referencia a la asimilación de unas iglesias protestantes por otras, es decir de modos de paso por el haro de unas formas de pensar por otras hasta quedar conformadas (achieve conformity).