“Madre Patria” y “España, la primera globalización”: Espontáneo ajuste simpático y sincrónico de dos obras que harán historia desde ambos lados del Atlántico

Hispanidad 2 • 23 oct 2021 •

En los últimos días he tenido el placer de conocer y tratar a los autores de estas dos obras en varios actos y  reuniones por los que he llegado a la siguiente conclusión:

La feliz aparición simultánea de dos obras tan coincidentes desde sendos extremos del mundo hispánico ha de tomarse como un aldabonazo para la recuperación de la Nación Hispana distribuida en ambos hemisferios y ésta como un medio de superación de la postración en la que Occidente se halla sumido por influencia Anglosajona.

El español de Argentina Marcelo Gullo y el español de España José Luis López Cuerda han coincidido en presentar estos días en Madrid dos obras mutuamente complementarias: un libro y un documental que exponen el valor de la Hispanidad no por su pasada gloria imperial basada en hazañas bélicas sino por la fórmula de convivencia y ordenamiento geopolítico que supuso y cuya índole es estrictamente contraria a la que hoy día aflige al globo entero, que es de inspiración Anglosajona.

Naturalmente que no todo el mundo estará dispuesto a asumir este planteamiento, ni siquiera –seguramente– todos aquellos que loan la Hispanidad por lo que tuvo de gran hito bélico o de conquista. Y tampoco, me atrevo a decir, será del agrado de muchos de los que piensen que la cultura hispana contiene “valores” 1 fomenta virtudes que en otros lares brillan por su ausencia.

Y es perfectamente posible –incluso– que muy pocos de ustedes, mis fieles y queridos lectores, lleguen tan lejos como para asumir –por lo menos de entrada– todos los postulados contenidos en ese escueto párrafo con el que he abierto la entrada porque casi nadie verá claro de manera inmediata las referencias a la nación y al mundo anglosajón allí contenidas.

Esto es así por dos motivos que tienen que ver con las “vigencias” de nuestra época (las ideas-creencia que uno no cuestiona)2:

  • La primera de estas vigencias es que la Nación y el Estado son cuasi lo mismo.

En realidad la nación no tiene nada que ver con el estado ni necesita al estado para nada. Es el estado el que sí necesita una nación –real o imaginaria– sobre la que erigirse. La nación natural o la nación histórica no es sino un acrisolamiento cultural que puede perfectamente estar regido por una forma política distinta del estado. Por una forma monárquica, por ejemplo, cuya historia dinástica provee la estructura retórica de la poíitica de sucesos vitales con los que justificar su presencia y su poder.

El Estado, por el contrario, al ser una forma hueca de vida, precisa de una estructura narrativa aparte sobre la que cimentarse y esa estructura no es otra sino la nación natural mitificada en un determinado sentido que es justamente el que le conviene a la oligarquía tras de cuyos intereses se encuentra el Estado.

El Estado, pues, precisa de una nación natural a la que mitificar, a la que convertir en fetiche, objeto o cachivache.

El problema con España y la Hispanidad es que no se ha vehiculado a través de la forma estatal sino hasta tiempos muy recientes. En reconocer este hecho no ha habido nunca gran discrepancia entre autores pues siempre se ha estado de acuerdo en que sólo con la Restauración de 1874 –y, por tanto, una vez que la Hispanidad ya se había fraccionado– se inicia un endeble proceso de estatalización que sólo se verá completado después de la guerra civil, con Franco, (quien, por cierto, construye un estado de los más ligeros y menos intrusivos que se han dado).

De modo y manera que la Nación Hispana  no se ha expresado históricamente de forma natural a través de la forma estatal sino a través de una forma política propia, idiosincrática, que recibió el nombre de Monarquía Hispánica o Monarquía Católica y que jamás se auto-denominó “imperio”, si bien es cierto que la Monarquía Hispánica es una variedad de la forma política imperial.

El hecho de que históricamente España no se haya expresado políticamente como Estado ha traído como consecuencia un gran problema y es que España ha crecido y ha formado la Hispanidad sin necesidad de mitificarse, por completo ajena a la feroz mitificación en que otras naciones incurrían.

Inglaterra, Holanda  y Francia fueron las primeras en crear sendos mitos –y muy potentes– de sí mismas, mientras que España atravesaba el Renacimiento, el Barroco y la Ilustración como en un jardín, al margen de todo.

No en vano yo sostengo que el gran pecado nacional español no es la envidia como suele asegurarse sino la ingenuidad, la simpleza, el no enterarse de las cosas3

La carencia de ese brillo especial que provee el mito nacional, ausente en el caso español, es una parte muy importante del problema independentista vasco y catalán cuya burguesía emergente fue asequible a la ola internacional de exaltación nacionalista que se produjo a finales del XIX en todo el mundo, de donde salió el sionismo, entre otras cosas.

Aquellos burgueses nuevo ricos sintieron la necesidad de crear sus propios mitos pseudo-nacionales con los retazos de un tan exiguo regionalismo que inmediatamente remite a instancias superiores para ser mínimamente explicado; a Castilla y Navarra en el caso vasco y a Aragón en el caso catalán… y de ahí inevitablemente a España, cómo no.

Esta teoría de la carencia del mito nacional hispano también explica la facilidad con la que España ha sucumbido a la Leyenda Negra. Leyenda Negra que, al fin y al cabo no es más que el negativo de un daguerrotipo confeccionado por las naciones europeas para ser instrumentalizado a su favor en la construcción de sus propios mitos nacionales que de esta forma se fraguan, justamente, en contra de España durante los años en los que ésta mantiene su hegemonía europea.

Lo anterior no está del todo dicho explícitamente en la obra de Gullo o de López Linares, pero sí creo que puede darse por incoado, por implícitamente contenido o sugerido. Lo que sí dice Gullo –y esta idea es decisiva– es que España, cuando se lanza a colonizar 4 poblar América, aún no está hecha sino que se hace en el ejercicio de fundar y evangelizar aquellos territorios de ultramar.

La Hispanidad y España son, pues, dos vertientes de una misma realidad cuyo nexo de unión es la común Nación Hispana de la que todos somos parte, independientemente de consideraciones que tengan que ver con el Estado.

  • La segunda vigencia es el presupuesto común a toda discusión política que consiste en dar por hecho que la forma política perfecta procede del mundo anglosajón y recibe el nombre de democracia. En realidad, el sistema que se ha generalizado en occidente por influencia anglosajona es a la democracia lo que un huevo a una castaña, esto es, guarda con ella un somero parecido exterior curviláceo u oblongo y nada más.

Lo que habitualmente llamamos democracia es formalmente un despotismo bi-cameral cuyo instrumento de imposición no es la fuerza física como en la tiranía sino la fuerza de la legislación.

Es esa una legislación extemporánea, legislación que no brota del pueblo y sus costumbres sino que que se fuerza a contrapelo del sentir popular y que no conoce límites; lo mismo decide sobre la educación de los hijos como sobre el sexo de las personas. Tal despotismo desborda en mucho a la iniquidad ejercida por la tiranía pero queda perfectamente camuflado bajo el señuelo de una supuesta, aunque a todas luces inexistente, democracia.

La verdadera índole del Cisma Anglicano no fue tiránica sino despótica5

Los ingleses del siglo XVI, los contemporáneos de Shakespeare, fueron los primeros en sufrir este nuevo despotismo ya que el Cisma Anglicano no fue principal ni primariamente un acto tiránico de Enrique VIII como generalmente se suele decir. En lo que consistió ante todo es en un auténtico maremoto legislativo con el que la nueva oligarquía calvinista se impuso a la nación a través de un Parlamento manipulado hábilmente por Thomas Cromwell.

La parte mollar de esta revolución institucional que alteró sustancialmente la función y el sentido del parlamento medieval6 fue llevada a cabo entre 1533 y 1540 por este “genio” de Cromwell según le describe un famoso libro7 escrito ya hace unos cuantos añitos (en 1953) que supuso un cambio respecto a la historiografía anterior pero del que, no obstante, el mundo universitario-académico español no ha extraído más conclusión que la de continuar adorando por la peana la brutal expansión de atribuciones con las que el Parlamento inglés empezó a arrogarse en esos años.

A la muerte de Enrique VIII la tendencia al crecimiento ilimitado de las atribuciones del Parlamento ya estaba marcada de manera indeleble e irreversible pues el rey había convertido en multimillonarios a sus miembros al haberles regalado o puesto a la venta a precios de saldo un tercio de las tierras del país que hasta ese momento habían estado bajo la prudente administración de la iglesia diocesana y de las distintas órdenes religiosas que desde hacía siglos habían formado parte estructural de la ordenación del territorio y de la economía del país, como en el resto de Europa.

Para cuando la católica María Tudor accedió al trono en 1553 por el breve período de cinco años el poder de esta oligarquía estaba ya perfectamente consolidado con lo que la reina no pudo hacer nada más que confirmar el latrocinio perpetrado por su padre y confirmar los títulos de propiedad de las tierras robadas a sus legítimos dueños en la Dissolution of the Monasteries Act de 1536.

Con Isabel I el Parlamento se convirtió ya, definitivamente, en un auténtico cártel de intereses que no cejó en ningún momento en emitir legislación represora las costumbres propias del pueblo, prohibiendo las romerías, ordenando la destrucción de las imágenes y las pinturas de los templos, imponiendo multas confiscatorias a quienes no acudieran los servicios dominicales de la “nueva religión”, penalizando con la muerte la celebración de la Santa Misa y despojando de todo derecho civil, hasta de la capacidad de testar y transferir el patrimonio, a quien no asumiese los juramentos de las sucesivas Supremacy Acts que el Parlamento iba emitiendo.

Pero eso no es todo. En tiempos ya del primer Estuardo, Jaime I, esta nueva oligarquía encaramada a gobernar el país desde un Parlamento arrogado de ilimitados poderes legislativos, perpetra además un nuevo golpe al pretender asumir la titularidad de la justicia hasta ese momento prerrogativa del rey. Es el famoso enfrentamiento entre el Jaime I y Edward Coke8 que la historiografía Whig manipuló y proyectó como un gran logro frente a la “tiranía” monárquica. En realidad, el hecho de que la justicia dependa orgánicamente del rey es una garantía de imparcialidad al ser éste persona vitaliciamente independiente de los vaivenes de la fortuna y, en consecuencia, fuera de toda influencia9, especialmente si –como se dio en el caso de la Monarquía Hispánica durante todos aquellos años– el rey está plenamente imbuido de la fe y los principios católicos de equidad y justicia universal católica10.

La monarquía compuesta de la forma política hispana, contradistinta de la forma política del despotismo bicameral inglés

Es el concepto político de “el mejor alcalde, el rey” según se expone en la famosa obra de Lope de Vega escrita en la década de 1620 pero cuyo modelo –perfectamente vigente en todo el mundo hispánico– se extiende atrás y adelante de esa época varios cientos de años. La prueba de dicha vigencia la tienen ustedes en la extraordinaria acogida de la ópera “Una cosa rara” del compositor valenciano Vicente Martín Soler cuyo éxito en 1786 –apenas tres años antes de la Revolución Francesa– fue rotundo en las cinco capitales europeas de la ópera en aquel momento; Nápoles, Viena, San Petersburgo, París y Londres.

En competencia al mismo tiempo en los teatros europeos con el Don Giovanni de Mozart, la obra del valenciano superará en popularidad con mucha diferencia a la del genio de Salzburgo y, aún más que eso, constituyó un auténtico fenómeno social y no tanto por la música –evidentemente, la partitura de Mozart es superior– sino más bien por el mensaje de paz social y arreglo político que proponía en un momento donde el ancien régime europeo estaba a punto de saltar por los aires.

Su ubicuidad fue tal que el mismo Mozart permitió que su libretista, Leonardo da Ponte, dejara reflejada irónicamente una alusión a ella en el banquete final cuando don Giovanni le pide a los músicos que no le toquen esos acordes de Cosa Rara porque ya están “muy oídos”. Pues bien; ¿saben ustedes de qué va la ópera de Vicente Martín? De un episodio donde nuestra reina Isabel La Católica actúa corrigiendo una injusticia según el principio “el mejor alcalde, el rey”.

En Inglaterra, sin embargo, ese principio no se aplicó jamás. Antes al contrario, el enfrentamiento institucional, entre el rey y los nobles, entre clases y entre etnias es lo que define lo propiamente inglés ya durante todo el largo período medieval. Mientras tanto, España se va formando en sucesivas oleadas de jubilosa incorporación de los territorios a Castilla –ancha es Castilla, ¿recuerdan?– conforme se van recuperando los territorios al sarraceno usurpador. Así se reconquista Toledo en 1085.

Pero mientras España se fragua en la recuperación de su ser, la incipiente unidad territorial de Inglaterra lograda apenas una generación antes, perecerá bajo la bota de un indomable invasor que la mantendrá postrada, le arrebatará sus leyes y sus costumbres y la privará de su lengua en la corte y la justicia11.

En efecto, ya que no otra cosa supuso la invasión normanda de 1066 cuando el francés se implantó como lengua oficial durante más de trescientos años12.

La invasión normanda no hizo más que exacerbar esos enfrentamientos endémicos ya en la Inglaterra de la Edad Media pues la nueva clase dirigente se quiso distinguir específicamente del elemento étnico local de origen Anglo y Sajón en políticas claramente discriminatorias que, como es lógico, tuvieron su contestación armada.

La escalada llegó pronto a provocar el aplastamiento de amplias capas de la población en campañas de tierra quemada que duraron años sobre todo en ciertas regiones norteñas que pugnaron con ahínco en conservar su independencia. Es lo que ha recibido el nombre de Harrowing of the North y que los historiadores contemporáneos no dudan en calificar en genocidio –el primer genocidio europeo realizado por europeos– pues según datos de la propia burocracia normanda contenidos en el Doomsday Book, el 75% de las gentes de esas tierras fue, o bien exterminada o bien deportada o huida y jamás regreso a ella.

Lo propio de la cultura política inglesa siempre ha sido , pues, el enfrentamiento por la supremacía de unos grupos sobre otros y de unas instituciones sobre otras hasta conseguir doblegarlas completamente si podían. La misma estructura de bancos enfrentados en el Parlamento inglés es una buena muestra de ello,  como el propio Churchill se encargó muy ufano de recordar en cierta ocasión contraponiéndola con la forma en hemiciclo del resto de los parlamentos del mundo.

Pero, volviendo al momento en el que el poderoso grupo de common-lawyers que ya dominaba la cámara baja tras habérsela arrebatado a los Tudor, intentó hacerse con el control de la justicia inglesa, lo cierto es que encontró en la dinastía Estuardo un correoso enemigo al que sólo lograron vencer después de un regicidio en 1649 y un formidable golpe de estado cuya mecánica consistió en la máxima felonía perpetrable contra la propia nación: la invitación a que un príncipe extranjero invada el país, cosa que llevaron a cabo en 1688 –eso sí– bajo una etiqueta estrictamente contraria a la índole del suceso pues la denominaron… ¡the Glorious Revolution!13.

Shakespeare lo vio venir de lejos y se quejó amargamente

Justo en el ecuador de ese proceso que se inicia en 1533 y se cierra en 1688, desde el Cisma a la Gloriosa,  está el gran Shakespeare, observándolo todo y doliéndose del rumbo que toma su país.

Y es justamente en un punto intermedio de ese intervalo (en torno a 1595) cuando Shakespeare toma un acontecimiento del Reinado de Ricardo II (1377-1399) parecido al que él y sus contemporáneos están viviendo para dar rienda suelta a la indignación que siente por lo que está sucediendo en Inglaterra.

El hecho es la confiscación por parte del rey de los bienes de una serie de nobles de manera arbitraria y con flagrante abuso de poder. Entre ellos se encuentra su primo Enrique, duque de Lancaster, que es hijo de Juan de Gante y ambos nietos del gran Eduardo III.  A la larga, este episodio dará origen a la Guerra de las Dos Rosas –la rosa blanca de York y la roja de Lancaster– aunque en su tiempo fue conocida como “la guerra de los primos”, después de que un primo destronara al otro para coronarse él rey como Enrique IV.

El episodio tiene concomitancias con la Inglaterra de Shakespeare en tanto en cuanto su tiempo también se produjeron grandes confiscaciones de bienes, aunque no por la acción arbitraria de la reina Isabel sino como consecuencia de las leyes pasadas por el Parlamento, esto es, por la acción legal pero ilegítima de las sucesivas Leyes de Supremacía (Supremacy Acts) que se fueron implantando.

En esta escena, magníficamente declamada por Sir John Gielgud, vemos a Juan de Gante hablando con uno de sus sobrinos, el Duque de York, a quien expone lo mucho que se avergüenza de la situación política de una Inglaterra en la que a su hijo, el Duque de Lancaster, el rey le ha confiscado las propiedades abusando de su autoridad de una manera indigna que avergüenza la historia entera de Inglaterra y su reputación frente al mundo:

He aquí la traducción:

Este trono de reyes, esta isla coronada, / esta augusta tierra, esta sede de Marte, / este nuevo Edén, semi-paraíso, / este bastión, que la naturaleza ha levantado / contra la peste y el brazo de la guerra, / esta estirpe afortunada, este mundo en pequeño, / esta gema engastada en mar de plata / que hace de muralla defensora / o de foso protector del edificio / contra la envidia de países menos venturosos; / esta tierra bendita, este reino, esta Inglaterra, / esta nodriza, este feraz vientre de reyes, / temibles por su sangre y famosos por su cuna, / renombrados por hazañas extranjeras / en servicio cristiano y caballeresco, / cual en la rebelde Judea el sepulcro / del redentor del mundo, el hijo de María; / esta tierra de almas tan queridas, tierra amada, / querida por su fama en todo el mundo, / ahora está en arriendo — decirlo me mata – / como cualquier propiedad o triste finca. / A Inglaterra, ceñida por un glorioso mar, / cuyas rocas repelen el asedio maligno / de Neptuno, ahora la ciñen la deshonra, / las manchas de tinta y los corruptos pergaminos. / Aquella Inglaterra que solía salir triunfante frente a otros, / se ha infligido a sí misma una vil derrota. / Ay… Si con mi vida cesara esta vergüenza, / ¡qué feliz sería yo con mi propia pronta muerte!

La referencia a la Virgen María y a los títulos (bonds) escritos en “corruptos pergaminos” es una clara alusión a los juramentos a que eran obligados a realizar los católicos para obtener los más mínimos derechos civiles como testar o sacar un diploma universitario.

Ni que decir tiene que la interpretación oficial de este párrafo no relaciona estos sucesos con los que Shakespeare y sus contemporáneos sufrieron sino que se interpretan generalmente en clave universalista, i.e., como si Shakespeare tuviera un interés meramente teórico por la ciencia política como tal y sus obras fueran un ejercicio de incardinación de dichos modelos teóricos universales en la psique humana genérica, aquella que encierra las categorías universales de lo humano, “en todo tiempo y lugar”.

Esta es la visión de Harold Bloom, probablemente el más conocido y el más entusiasta e hiperbólico de los críticos literarios que estudian a Shakespeare en clave universalista. Bloom llega a decir que

Shakespeare inventa lo humano (the invention of the human)

Aunque, por otra parte, creo que aún hay otro que va un poco más lejos, en un ejercicio cuasi-blasfemo de elogio al gran bardo de Avon. Dice George Steiner:

Shakespeare es la encarnación del lenguaje

Por mi parte yo creo que Shakespeare es un tío cojonudo, qué quieren que les diga, una persona de excepcional brillantez e inteligencia pero ni más ni menos que usted y que yo, mutatis mutandi, mejorando lo presente y sin faltar.

En eso me baso en el propio Shakespeare que, cuando terminó su trabajo en el teatro en Londres se fue a su casa en Stratford con su mujer y sus hijas a disfrutar de la vida y a capear el temporal de los disgustos que dan los novios de las hijas casaderas y disfrutar de su pequeña fortuna muy bien ganada con el esfuerzo de veinte años de trabajo muy bien empleado y mejor aún ahorrada con el sacrificio de vivir realquilado la mayor parte de su vida laboral. En ningún momento supo –probablemente ni siquiera lo sospechó– que él era un genio de carácter “universal”.

Mas, estudiando como estoy estudiando a fondo sus sonetos, creo que Shakespeare reservaría ese epíteto a otra persona. Aguarden a que termine el estudio y ya verán.

  1.   Me enerva la ubicuidad de esta expresión por dos motivos: primero, porque sustantiviza indebidamente un atributo y segundo porque celebra que el medio  social imponga sus criterios –valores– sobre el individuo en vez de celebrar que sean las cualidades y hábitos propios del individuo –las virtudes– lo que florezca independientemente, o incluso a contrapelo, del medio. Una ola semejante de estulticia recorrió el mundo en los años 90 cuando todo parecía “tener” diseño, ¿recuerdan?.
  2.   Este uso de “vigencia” está tomado de Ortega. Véase José Ortega y Gasset, Ideas y creencias, Obras Completas vol. V, Alianza Editorial, Madrid 1940.
  3.   Ahora bien; no crean por ello que a los resabiados vecinos del norte les ha ido mejor históricamente que a la ingenua España. La realidad es que el mito de la grandeur revolucionaria francesa ha destruído lo mejor de la vieja Francia, la Francia que hizo Europa a través de las órdenes que salieron de Borgoña y llegaron hasta los más escondidos recovecos del mapa en su admirable labor civilizatoria. Y ¿qué decir de Inglaterra cuando hasta los que viven del paro salen escapando de allí tan pronto pueden? Hace ya muchas décadas que la carestía de la vida, la inmigración, la superpoblación, la carencia de infraestructuras, de servicios, etc., etc., y… lo más importante, la destrucción de la célula familiar prácticamente en todos los niveles sociales convierten a ese país en el más castigado por la modernidad que él mismo ha creado.
  4.   Es fundamental eliminar del vocabulario la insidia semántica que proviene de las operaciones imperialistas de otras naciones, con las que España nunca tuvo nada que ver pues los territorios que componían la Monarquía Hispánica siempre fuero parte de integrante del conjunto general, no fueron nunca colonias. Al principio virreinatos y después provincias, en pie de igualdad con las peninsulares.
  5.   Generalmente no se suele dirfeneciar entre tiranía y despotismo; se toman por sinónimos. Pero existe una importante, muy significativa y relevante diferencia ya que el descuido en la distinción enmascara la índole de la forma política que padecemos que es profundamente despótica. En esta entrada del blog se aclara aún más el concepto.
  6.   Las asambleas del reino generalizadas por toda Europa en época medieval eran de carácter consultivo y sancionador de normativas e impuestos. En ningún momento pretendieron tener el poder ilimitado sobre las leyes y sobre el resto de las instituciones con el que Parlamento inglés se arrogó posteriormente.  Por cierto, la primera –la más antigua– de dichas asambleas de las que se tiene noticia se dio en España. Son las Cortes de León de 1188, verdadero hito de precocidad que hoy llamaríamos “democrática” si nos guiáramos por los criterios de mitificación que se han aplicado a ciertos episodios de la historia de Inglaterra como la famosa Carta Magna inglesa que sólo es de 1215. Aún más antigua es la Jura de Santa Gadea descrita por el Poema de Mio Cid que es de unos cien años antes (en torno a 1090) donde se exige al rey un juramento para poder coronarse, nada menos que 130 años anterior a lo que aún cierta historiografía considera el gran evento político fundante de la modernidad democrática.
  7.   G.R. Elton, The Tudor Revolution in Government, Cambridge University Press 1953.
  8.   Coke aquí se pronuncia actualmente /kuk/ y no /kouk/ como cabría esperar por analogía con la bebida. En tiempos pretéritos la pronunciación de este apellido era con u larga /ku:k/ pero el uso actual en R.P. (Received Pronunciation que es el nombre que recibe la variedad culta del inglés contemporáneo) es como cook.
  9.   En EEUU se intenta aproximarse a este concepto otorgando plaza vitalicia a los componentes del Tribunal Supremo.
  10.   En este sentido, repárese en la ausencia prácticamente total en la corte española de frivolidad sexual, o de favoritismo de amantes y cortesanas durante los largos años del barroco y el clasicismo cuando las cortes europeas eran un hervidero de escándalos e infidelidades. Habrá de llegar el nefando siglo XIX, –y cuando ya se ha fraccionado el mundo hispánico–, para que las prácticas pedófilas ejercidas a una inocente e ingenua niña reina rompan esa tendencia y se inicie la contraria en algunos de sus sucesores con el triste resultado reciente de un rey adicto al sexo que a nadie se le oculta ya.
  11.   Hoy en día se sabe perfectamente que el common law no es lo que Edward Coke quería que fuera, i.e., el derecho consuetudinario inglés desde tiempo inmemorial. El common law es de origen regio y normando y supuso la obliteración del derecho consuetudinario anglosajón. No implantó un nuevo cosuetudinarismo sino un mero jurisprudencialismo, cosa bien distinta en el derecho inglés, como el propio Maitland –la gran autoridad tardo-victoriana en el tema aún hoy– se encarga de precisar. No obstante lo cual aquí en España se repite ad nauseam la falsedad de que el common law es derecho consuetudinario
  12.   Ricardo II consiguió convencer a los amotinados en la llamada Peasant Revolt de 1381 haciendo gala de hablar algo de inglés en una entrevista muy tensa que se llevó a cabo en lo que hoy es el mercado de Smithfield en Londres.
  13.   Doscientos años más tarde, en un episodio aún más abyecto protagonizado esta vez por españoles émulos de “gesta” de aquellos hijos de la Pérfida Albión, la ofuscación nacional llegó a tal punto que en 1868 se expulsó a la legítima soberana, Isabel II, e invitó a un italiano, Amadeo de Saboya, a reinar en España, cosa a la que el hombre accedió por un breve espacio de tiempo, tras el cual abdicó al darse cuenta del increíble grado de insania que padecían los españoles en aquel momento.

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3 comentarios

  1. Daniel R. Cardoso

    Hay un librito poco conocido de Joaquin Costa: “La ignorancia del Derecho” que pone el dedo en la llaga en el despotismo parlamentario y sus decretos sobre las costumbres del pueblo. Es especialmente significativo el capítulo IV: Unidad e identidad de ley y costumbre.Las leyes se promulgan siempre ad referendum.
    Pongo algunos fragmentos reveladores del libro que hoy se entienden mucho mejor que en su tiempo. Aún con fallos de su tiempo y pensamiento, no andaba muy desencaminado Costa en sus juicios. La influencia de su educación carlista, su trato con teólogos y juriconsultos antiguos y su amor por el pueblo dio lugar a estas joyas.
    -“¿Dónde está la justicia del principio ignorantia Juris neminem excusat (se preguntaba Luis Vives), siendo tantas las leyes y tan
    abultadas y dificultosas, que nadie podía saberlas todas? Con ellas no se traza una pauta benigna y paternal para conducirse en la vida, sino que se traman emboscadas a la ignorancia y sencillez del pueblo”.
    -“En el siglo XVI, en el XVII y en el XVIII, los jurisconsultos y teólogos españoles se clasificaban, en orden a la soberanía ejercida o manifestada por vía de costumbre, en grupos: uno,
    no obstante su exaltado monarquismo, admitía la costumbre contra la ley y era en el fondo más liberal que los liberales de nuestro tiempo; el otro condenaba la costumbre contra la ley en nombre de sus principios absolutistas, y era más lógico que los liberales de nuestro tiempo.”
    -“Desorientados por la apariencia externa, se diría que ven las cosas a través de una lente biconvexa: “Yo soy Diputado a Cortes, yo soy Senador del Reino, yo soy Ministro de la Corona:por el siguiente, soy legislador, y siendo legislador,
    claro está, soy soberano; el pueblo está ahí para obrar como yo disponga y para cambiar de dirección y de conducta cuando a mí me plazca; si no hace caso de mi ley, de mi reglamento o de mi real orden, es que me desobedece, y debo compelerle y extirpar la regla que ha osado estatuir enfrente de la mía, sin mi conocimiento y contra mi voluntad.”
    -“Consiste esto en que el liberalismo no ha dejado todavía los andadores de la infancia; que no se ha movido aún del lugar en que lo dejó hace más de medio siglo Donoso Cortés, aquel ilustre doctrinario que aventajó en brillantez de concepción al mismo Guizot y Perier, inventor del sistema. Lo mismo que él, siente aversión a la llamada soberanía del derecho divino, considerándola atentatoria a la dignidad del hombre; pero no se decide a reemplazarla por la soberanía del pueblo, al menos activa, porque la encuentra destructora de esa uniformidad militar que la seduce, y discurre sustituirla por una coparticipación de lo más original que se ha inventado en la historia. Tú, pueblo, y yo, legislador, ejerceremos mancomunadamente la soberanía: teóricamente, ésta residiría en ti y nada más que en ti; pero a condición de que sea yo y nada más que yo quien la ejerza; o más claro: cada año la ejercerás tú un día, el día de las elecciones, y yo los trescientos sesenta y cuatro días restantes. Y en efecto, el día de las elecciones se le pone al pueblo un manto de púrpura en la espalda, una corona de oro en la cabeza: el aspirante a legislador, postrado de hinojos delante de él, proclámale César, lo agasaja y adula, agotando el manual del perfecto cortesano; solicita de él como un favor la carga de servirle en vano. Pero cayó la papeleta, como si dijéramos el cetro, en la urna y se acabó la soberanía: el Diputado, el Senador, el Ministro desciñen al pueblo la corona, echan una losa sobre su voluntad, le mandan como a un recluta,
    lo llevan al calvario del Congreso, lo crucifican a discursos y a leyes imperativas y lo condenan por desobediente y malcriado si se permite tener opinión sobre lo que más le conviene y traducirla en un desuso, en una costumbre o en un “se obedece, pero no se cumple. (…)”
    -“Resumiendo los Juicios expuestos: en el mandato, poder o delegación que el legislador tiene del pueblo, no está comprendida la facultad de decretar aquellas leyes que su soberano recusa o repudia en sus actos, por cuya razón son nulas y de ningún valor ni efecto: adolecen de defecto de potestad; no son tales leyes.”
    -“Cuando el legislador, apoderado de la fuerza, usurpando su autoridad al soberano, pretende imponer a éste sus creaciones subjetivas, poniéndole el alias de subdito y llamándose a sí mismo autoridad, invierte los papeles, perturba el orden natural de la vida de las sociedades y comete acto de tiranía.”
    Fuente: https://e archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/25578/problema_costa_hd55_2017.pdf
    Es hora de sacar estos tesoros de nuestra historia del olvido y actualizarlos. Con lo expuesto por el Señor Miró cobran nueva vida, honran a nuestros padres y nos ayudan a ver mejor el presente y poder elegir mejor el futuro.

  2. José Gonzalo FERNÁNDEZ LOCHÉ

    Es muy interesante la importancia del francés en el Reino Unido, que aún se puede ver en dos divisas importantes como son el escudo “Dieu et mon droit” y el lema de la Orden de la Jarretera “Honi soit qui mal y pense”.

    Coincido plenamente en que el gran pecado nacional español no es la envidia, sino la ingenuidad, aunque la mayoría de los españoles no se hayan enterado todavía. Esto lo repiten constantemente en sus obras autores como Alberto Gil Ibáñez.
    Cierto es que la envidia no es una cosa que escasee entre nuestros vecinos del norte; de hecho, en la leyenda negra hay un gran componente de envidia, que es la forma más siniestra de admiración.

    P.D.: Madre patria es un libro excelente, altamente recomendable.

  3. Antonio Rey

    Muy interesante e iluminador, como todas sus entradas. Enhorabuena por su trabajo. Gracias!!!!

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