La suplantación de la libertad por “las libertades” es para restar libertad política

Nueva Torre de Babel 6 • 9 dic 2020 •

Me interesa mucho dejar claro este pequeño desarrollo teórico para que puedan ustedes comprender bien los acontecimientos que están a punto de desencadenarse en EEUU donde van a ver en vivo y en directo un aplastante espectáculo de libertad política, fundamental para el triunfo de Trump tal y como expuse en una de las entradas más vistas de este blog.

Esto del despliegue de libertad política es –tanto cognitiva como vitalmente– un fenómeno tan distante del grueso de los españoles contemporáneos1 que a muchos se les pasa por alto, como a ese periodista incapaz de asimilar la figura de Tucker Carlson tal y como relato en mi anterior entrada.

Por lo tanto creo que es esencial que se comprenda bien qué es la libertad política, de donde viene y –sobre todo– de dónde no viene.

Porque se nos induce a pensar que libertad, libertad política y libertades son sinónimos. Y desde las cuatro esquinas del ámbito público mediático se nos filtra de mil maneras la especie de que, en virtud de la forma política que disfrutamos en Occidente, toda esa bolsa semántica en la que van empaquetadas estas libertades no son sino “conquistas” de las que disfrutamos sólo aquí, por suerte, y de las que los demás pueblos de la tierra presentes y pasados –pobrecillos– han carecido puesto que estas libertades se presentan como un desarrollo exclusivo y específico de la modernidad “avanzada” que, a mayor abundamiento, hay que proteger porque son como la porcelana fina, frágiles y, en consecuencia, se pueden romper o perder, dicen.

Además, cosa curiosa, se nos insiste2 en hablar de libertades (así en plural) lo que, desde luego –de entrada– suena mucho mejor que la libertad a secas, en singular, como si fuera una superación de la libertad simpliciter de la que se ha hablado siempre.

Y es que, en efecto, el uso del plural parece una promoción de la libertad pues da la impresión de que “es más” que el pobre singular y entonces da la impresión de que la libertad ha sido sobrepasada de alguna forma por “las libertades” de modo y manera que la libertad antigua se queda corta; la libertad que conocieron Aristóteles, Platón y todos los filósofos que reflexionaron sobre ella pareciera está obsoleta porque estos pensadores, a pesar de lo brillantes que eran, no dieron en descubrir que había no una libertad sino varias, una multiplicidad de libertades (¡viva!) de las que disfrutamos hoy día cuando sí sabemos que existen y de las que hemos tomado posesión gracias al sistema político contemporáneo. ¡Muchas libertades! ¡Qué bicoca!

Ni que decir tiene que todo este planteamiento3  es erróneo de pe a pa. Y que, en conjunto, este cestillo de ideas no son sino una como pequeña charca de desinformación (en el sentido en el que he utilizado el término en esta entrada) en la que a políticos y periodistas les gusta chapotear alegremente como en un obsceno jacuzzi donde están todos juntos y revueltos intercambiando guiños o mohínes, según proceda. (Como en una tertulia mediática, vamos).

Pero vayamos al fondo de la cuestión: ¿Qué es libertad política?

La cosa no puede ser más sencilla si se parte de una buena definición tal y como marca nuestra tradición intelectual desde el Siglo de Oro4. De modo que si se acepta, como se menciona en la Presentación de este blog, que

la política es la inerradicable actividad de sutura de las desavenencias producto de la necesidad de restablecimiento del equilibrio perdido en un grupo humano particular por un hecho concreto5

entonces, la definición de libertad política que andamos buscando no puede estar muy lejos de ser algo así:

libertad política es la capacidad de actuación que cada cual tiene para intervenir en el restablecimiento del equilibrio perdido dentro de un grupo humano cuando dicho equilibrio se ha perdido por desavenencia

De lo anterior cabe darse cuenta de cuatro cosas:

  • La actividad política es ciertamente inerradicable porque en cualquier grupo humano la pérdida de equilibrio (la desavenencia) está siempre a la vuelta de la esquina6.
  • Esa pérdida de equilibrio (por desavenencia) es constitutivamente impredecible pues no es posible prever qué le puede sentar mal a cada cual en cualesquiera circunstancias de antemano y para siempre7. El sobrevenimiento de la discordia será una confluencia de dos factores; por un lado, de los usos y costumbres de cada grupo humano  (sometidos además, para mayor incertidumbre, a su propio dinamismo histórico) y, por otro, dependerá de cada persona particular (cuyos motivos psicológicos profundos son opacos muchas veces hasta para el propio interesado)8.
  • La asignación de quién lleva a cabo la actividad política (de quién ejerce de “político” dijéramos) es por lo anterior imposible de fijar de antemano in toto (en su totalidad) pues si, ya de por sí, el estatuto ontológico de la política es tan singular que no hay –sensu stricto– sujeto de la actividad política, ¿en qué posición queda el que cultiva dicha actividad, el político?
  • El factor decisivo en el ejercicio de la libertad política de cada cual es principalmente auto-designado y auto-concedido ad hoc (o sea un factor que es eficaz por sí mismo en cada ocasión) según un dinamismo impredecible. Por ejemplo, yo puedo mediar en una pelea callejera por muchos motivos: si soy fuerte, tengo aspecto de bestia, si sé artes marciales o si acierto a decir las palabras adecuadas para apaciguar los ánimos. Es algo que no se sabe de antemano; habrá que ver en cada caso cuál de esos atributos es auto-eficaz (se impone por sí mismo eficazmente). Por otra parte, también puedo mediar satisfactoriamente en esa misma pelea por tener asignada la “función política” de antemano (si, por ejemplo, si soy policía) pero aquí es necesario darse cuenta de que lo decisivo no es esto último (la designación previa) sino el hecho de que yo sepa cómo ejercerla justo en las circunstancias del caso particular. También, incluso es fácilmente, concebible justo o contrario: el que una persona en principio ajena a toda posibilidad de libertad política (por ejemplo, un niño, un loco o un bufón de la corte) resuelva la desavenencia mediante el recurso a “la mano blanca”, es decir erigiendo como auto-eficaz la solución que todos piensan es totalmente ajena al fondo de la cuestión.

La consecuencia de esta cuatripartita reflexión no puede sino conducir al siguiente resultado:

  • Es imposible establecer con tabulaciones, reglas o leyes definitivas las necesidades de restablecimiento de las desavenencias a las que hemos denominado políticas por el simple hecho de que la naturaleza, modo, tipo, intensidad, grado, etc., et., etc… de la desavenencia es constitutivamente imposible de abarcar previamente.
  • La actividad política debe considerase, por lo tanto, como una actividad abierta y orgánica. Abierta en tanto en cuanto no se le pueden poner cortapisas de antemano a su ejercicio y orgánica puesto que no es mecanizare o asimilable a mecanismo alguno de interacción de partes concretas y definidas dadas de antemano, sino que –antes al contrario– las “piezas” de la resolución política de los conflictos han de verse bajo el prisma de una metáfora metabólica. Esto significa que las soluciones del cuerpo político (the body politic) necesariamente se han de “fabricar” ad hoc de igual forma que en el cuerpo animal o humano para cada “infección” surgen los “anticuerpos” específicos en cada caso; construyéndose cuando se necesitan y así poco a poco generándose un reservorio de recursos inmunológicos (para el cuerpo) y de usos, costumbres y leyes (para los pueblos)9.

Por lo tanto:

la actividad política (o de restablecimiento de las desavenencias) es, pues, una tarea constitutivamente abierta y orgánica cuya mejor metáfora es la del sistema metabólico por la que, a la modificacón de un elemento le corresponde la autorregulación de todos los demás

En el cuerpo humano los elementos que se auto-regulan son las plaquetas, glóbulos rojos, hormonas, anticuerpos, etc., etc., que modifican su número, velocidad, densidad, presión, tasa relativa o lo que fuere.

En la comunidad política o body politic lo que se modifica en la autorregulación política son las relaciones sociales y los roles de las personas (total o parcialmente; ocasional o permanentemente) y eso se lleva cabo mediante los usos, las pautas, las costumbres, los códigos de educación10, la etiqueta, las normas de urbanidad y las leyes.

A quien la sociedad encomienda el primero y más importante de esos movimientos regulatorios es a lo que podríamos llamar el político profesional que, según el momento histórico que se considere habrá sido el juez, el rey, príncipe, jefe de la horda o lo que sea.

He colocado la figura del juez en primer lugar porque esa es la función principal y primaria de la política tal y como acabo de explicar aquí y tal y como ha quedado en los anales de la historia.

Porque, ahora se asocia la figura del político a la de una actividad ejecutiva pero su función primordial no ha sido y no es esa más que desde el siglo XVI para acá. La actividad principal del gobernante ha sido siempre la del juez –ojo no la de legislador– capaz de dirimir las disputas entre sus súbditos y para llevar a cabo dicha función el rey itineraba por todo su reino impartiendo justicia “según la ley local”.

He aquí que Wagner refleja perfectamente este hecho en el bello inicio de su Lohengrin (Escena 1 del Acto Primero):

Heraldo
¡Escuchad, condes, nobles y hombres libres de Brabante!
Heinrich, Rey de los germanos, ha venido hasta aquí
para consultaros según la ley del reino
¿Aceptáis gustosos su mando?

Brabanzones
Gustosos obedeceremos sus órdenes
¡Bienvenido, bienvenido, Oh Rey, a Brabante!

Pero con el advenimiento de lo que convencionalmente se llama Modernidad11 todo esto empezó a cambiar.

Por una parte el gobernante asumió más y más poderes ejecutivos y, por otra, se transmutó la función consultiva de las cámaras medievales en la función legislativa actual12 iniciándose así un proceso de transformación de la forma política inédito hasta ese momento en la historia de la humanidad, que es la forma política que se ha extendido como una mancha de aceite por todo el orbe y cuya caracterización excede en mucho las posibilidades de una entrada de blog.

Pero baste decir a los propósitos de entender la libertad política que en todo ese proceso lo que ha sucedido es un paulatino secuestro del modo en el que la libertad innata e irreprimible del ser humano13 ha sido engarzada en la sociedad para dar como consecuencia libertad política, es decir capacidad de intervención en los asuntos de la comunidad política o polis.

Y ese paulatino proceso ha consistido, en esencia, en un progresivo detraimiento de las funciones naturales de auto-regulación a la par que un aumento de mecanismos artificiales sustitutorios.

Y a eso, justamente, es lo que no cabe denominar denominar de otra forma sino como un proceso de suplantación de grandes segmentos de posibilidades orgánicas de florecimiento de la libertad política por algunas –pocas– libertades fijas y concretas de uso controlado, restringido y pautado.

Por ejemplo, se nos ha dado el permiso para que desfilemos por las calles como monigotes con una pancarta en una hora y lugar fijos de antemano  y a eso le han llamado libertad de manifestación. Bien. Qué bonito. Es un modo muy pulcro y efectivo de concebir la ciudadanía que puede ser útil en alguna que otra circunstancia y que, a lo mejor, puede evitar enfrentamientos directos innecesarios en algún caso (aunque también puede propiciarlos, por supuesto, sobre todo si es usted partidario de Trump y le sueltan a los BLM).

Pero fíjense todas las posibilidades de ejercer libertad política que usted ha perdido:

  • Si le sacan una ley que impide dar un cachete a su hijo.
    • ¿Qué hace usted? En este caso ni siquiera se pone a hacer el monigote porque esa libertad política, probablemente la más antigua de todas, que es educar haciendo notar la presencia física de la realidad, ya ha pasado a considerarse tan desterrada como un tabú de aquellos que –falsamente– dijo Margaret Mead se daban en las sociedades primitivas.
    • ¿Qué ha perdido usted? Educar a sus hijos y transigir en que se eduquen solos o por la televisión.
  • Si le sacan una ley que le impide salir a la calle
    • ¿Qué hace usted? Se pone a aplaudir en el balcón de su casa a las ocho de la tarde que es como el monigote se manifiesta cívicamente en tiempos de psicosis pandemia inducida.
    • ¿Qué ha perdido usted? La capacidad para tomar sus propios riesgos y entenderse con sus vecinos y conciudadanos para preservarse de las infecciones.
  • Si le sacan una ley que le impida hablar alto a su mujer so pena sumarísima de calabozo y escarnio público.
    • ¿Qué hace usted? Se coge su pancarta y desfila como un monigote.
    • ¿Qué ha perdido? La capacidad de entenderse por sí mismo con su mujer y resolver sus problemas maritales sin elementos interpuestos.

Bueno, ya ven a qué me refiero. Y les ruego que no caigan en la trampa de argumentar que con cada prohibición hay grandes beneficios de evitación de maltratos intolerables y otras conductas criminales. Por supuesto. Pero la vida no puede regularse al extremo en que las se han llevado estas “libertades”.

Por supuesto, vivimos en una época en la que han sido restringidas correctamente muchas libertades del hombre antiguo. Por ejemplo el pater familias romano tenía potestad de vida o muerte sobre cualquier miembro de su familia, incluida su mujer e hijos. ¿Vamos a intentar recuperar esa libertad política? Naturalmente que no; el cristianismo nos hizo ver que hay una dignidad intrínseca al ser humano que no puede conculcarse por las buenas.

¿Y qué me dicen del duelo al amanecer? ¿Volvemos a resolver así los problemas de honor? Bueno, pues yo creo que no, ¿no les parece?

Pero sin embargo, sí hay muchas, muchísimas –pequeñas y grandes– libertades políticas reales que hasta hace poco se disfrutaban en España en los tiempos tenebrosamente autoritarios anteriores al glorioso advenimiento de la democracia y que muchos de los que me leen habrán compartido conmigo y que, en consecuencia, saben que han sido cambalacheadas por algún inútil cachivache de libertad cívica como los siguientes:

  • La libertad política de llamar la atención a los niños de otras personas cuando están portándose mal.
  • La libertad política de tener una bronca en público sin alteración del orden.
  • La libertad política de llamar la atención a parejas en actitud de escandalizar a niños y jóvenes.
  • La libertad política de abroncar a alguien en público por ser maleducado.
  • La libertad política de discutir a gritos con el cónyuge.
  • La libertad política de imponer a los hijos castigos físicos leves como una bofetada.
  • La libertad política de guardar el dinero íntegro de los réditos personales del trabajo (pues no existía impuesto de IRPF).
  • La libertad política de valorar por sí mismo y, en consecuencia, de asumir sus propios riesgos en temas de circulación. Estos riesgos se refieren tanto a los riesgos físicos por no llevar casco o cinturón como a los riesgos penales por provocar un accidente estando borracho.
  • La libertad de fumar en público exponiéndose –eso sí– a ser tachado de grosero por no pedir permiso.
  • La libertad política de escoger distanciarse o aproximarse a las personas que uno conoce por primera vez en función de preservar una reserva de intimidad para sí. Por eso yo me aferro a un cierto uso anticuado del usted, el cual no descarto hasta cuando se produce de mutuo acuerdo con el interlocutor una cierta sintonía que lo merece. No se dejen embaucar por la aparente  campechanía de tuteo generalizado; en realidad es el signo de un republicanismo obsceno y descarnado del que no hay mejor ejemplo que el intercambio de frases a cara de perro entre Cristo y Pilatos en el Pretorio:

Y Jesús estaba de pie delante del gobernador; y el gobernador le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices. (Mateo 27:11).

  • Y un largo etcétera de este tenor que sin duda muchos de ustedes podrán completar y que a los más jóvenes les conviene conocer.

♦♦♦

Con todo esto yo he querido explicarles a ustedes qué es la libertad política y espero haber cumplido mi misión. He hecho esto para que comprendan que cuando puse en esta entrada del día 12 de noviembre que la libertad política del pueblo americano es la cuarta condición necesaria para lograr el triunfo de Trump frente al golpe de estado del día 3 no lo puse a humo de pajas.

Generalmente no hago nada a humo de pajas y en esta vez menos porque soy muy consciente que allá donde se ha dado por perdida la libertad política (como en España) es muy difícil hacer que las cosas se muevan y se revierta el rodillo arrasador de la forma política que padecemos.

Pero allá donde hay un claro sentido de que la libertad política no te la puede quitar nadie porque sí de un día para otro y que no ejercerla cuando se tiene es un gravísimo error consigo mismo y con los demás conciudadanos, entonces sí es posible luchar contra la iniquidad.

Por eso puse en la entrada anterior el ejemplo de Tucker Carlson. Porque esta persona no ha aceptado que sus jefes de la Fox le arrebaten la libertad política suya, la que él ha conseguido ganándose el favor del público y que le pertenece a él exclusivamente porque el público y él mismo se la han auto-otorgado.

Pero eso un periodista como el que escribió ese infausto artículo del que hablaba en la entrada anterior no tiene no idea de lo que significa la libertad política ni, mucho menos, de lo que implica ejercerla. Porque a ese periodista y a otros tantos como él le tiemblan las piernas con la sola mención de que su jefe pueda estar equivocado respecto a un tema de opinión trivial cualquiera, como el de las encuestas, y es incapaz de hacer otra cosa que no sea recurrir a tópicos y a cambiar las cosas de sitio para ocultar su vaciedad e inutilidad en y para la comunidad política en un ineficaz despliegue de movimiento carente de acción tal y como dejé explicado en esta entrada.

Por el contrario, en EEUU vamos a ver cómo muchos republicanos van a desplegar la más olímpica e insobornable libertad política que es lo mejor (casi me atrevería a decir lo único) digno de encomio que puede hallarse en su tradición política.

Si me equivoco en esto y si estos republicanos se comportan como si fueran miembros del PP de España, entonces es que EEUU ha cambiado tanto en los últimos años que ya no se reconoce a sí mismo, Trump habrá fracasado en su legítimo empeño de mantener la Casa Blanca y yo con él como su profeta. Pero tengo la convicción esperanzada que no será así (ojo a mi próxima entrada).

En fin, me queda por explicarles más cosas pero ya lo haré más adelante. Sobre todo la intrigante cuestión de porqué la libertad política floreció tanto en EEUU y, sin embargo, en España (y me temo que también en todo el mundo hispánico) está casi extinta en estos momentos.

Un saludo y perdón por la excesiva longitud de esta entrada.

  1. Existen razones históricas muy concretas que explican este hecho que en su día explicaré. No todo en la herencia cultural hispana es óptimo y esto no lo es. Pero lo malo no es tener defectos sino desconocerlos; los pueblos, como las personas, han de conocerse y ese auto-conocimiento (tanto de las cosas buenas como de las malas) brilla por su ausencia en el mundo hispánico.
  2. Insisten todos los que llegan a algún tipo de altavoz mediático, sin excepción, pues me consta que algunos (pocos) de esos bustos parlantes sí tienen formación para distinguir entre libertad y “libertades” aunque no lo hagan en público. Tal vez porque saben que, si se atrevieran a romper el tabú de atacar al sistema en su base sus días en los medios –cualquier medio, incluso los que dicen ser diferentes– estarían contados.
  3. Es una visión que es preciso denunciar como una auténtica “dictadura del hodierno”, esto es, como una opresión del pasado por el presente. Y con esto quiero decir que existe un prurito contemporáneo que consiste en manchar, tachar, descalificar, detraer y, en general, por cualesquiera medios, anular aquello que de realmente positivo pueda haber existido en cualquier otro tiempo y lugar distinto de nuestro más rabioso presente, distinto del hoy mismo, del día de hoy. Porque, fíjense ustedes que, incluso cuando se elogia algo del pasado –generalmente algún aspecto técnico– enseguida se da un giro de descalificación (el caso paradigmático son las pirámides egipcias –oh, que precisión– pero, claro, –se dice– fueron construidas por esclavos, cosa que es rigurosamente falsa). Es esta una más de las extrañas irregularidades propias de los tiempos que vivimos ya que el pasado ha sido siempre de alguna forma enaltecido, venerado y tenido en cuenta (de hecho parece haber habido ha sido considerar una “época dorada”.
  4. En particular tal y como argumenta nuestro más egregio conceptista, Baltasar Gracián.
  5. Eso en cuanto a la política, mientras que  lo político sería la necesaria y universal disposición del hombre hacia ella, hacia la política, que es lo que don Dalmacio llama “una esencia” (de la naturaleza humana). Véase la  página 11 de Dalmacio Negro, “Historia de las Formas del Estado”, El Buey Mudo, Madrid 2010.
  6. Hasta entre santos hay conflicto (téngase presente el llamado “incidente de Antioquía” entre San Pablo y san Pedro narrado en Gálatas 2:11-14).
  7. Don Dalmacio ha puesto muchas veces el ejemplo de una mosca que se pasee por la habitación. Para algunas culturas ese deambular será inocuo desde e punto de vista del equilibro entre los miembros de la comunidad pero puede darse el caso –quién sabe– de una comunidad donde el deambular de la mosca sea visto por alguien de esa comunidad como un gran problema o un gran agravio.
  8. Una consecuencia de este hecho tiene una gran repercusión epistemológica porque apunta a que, propiamente, no hay sujeto de la actividad política con lo que la Política no podría considerase una ciencia; es una interesantísima discusión que hemos entablado muchas veces en el seminario con don Dalmacio pero que no abordaré aquí, sólo dejarla indicada para ustedes se hagan una idea del contenido de lo que allí se discute.
  9. Por eso no es extraño que la tradición de pensamiento político haya introducido el término farmacológico en la teoría, cosa de la que don Dalmacio se hace eco en su obra.
  10. Don Dalmacio siempre ha concedido gran importancia a la buena educación (la urbanidad) como un sistema cuasi-sustitutorio de las leyes en el caso de que esté lo suficientemente desarrollado.
  11. Yo difiero en mucho de esa denominación y de los puntos de vista habituales sobre el devenir de la historia de Occidente desde el siglo XVI para acá. Ahora no me puedo explayar sobre el tema pero sí les puedo anticipar que he recibido la amable invitación para hacerlo en una revista digital que recomiendo activamente a todos los que me leen. Se llama Posmodernia y va dirigida directamente a pensar sobre el cambio épocal que nos envuelve. Tan pronto libere un poco de “espacio mental” de estos temas trumpianos que ustedes me hacen el honor de seguir en este blog, cumpliré mi compromiso con estos señores de esta interesante publicación que, además tienen su sede en Córdoba, una de las ciudades más bellas del mundo y de las que más relevancia histórica han tenido en el destino de Occidente, a la par con ciudades como Venecia, Florencia o Aquisgrán. Y a ustedes, por supuesto, les daré cumplida noticia de ello cuando llegue el momento.
  12. Todo esto lo tienen en la obra de don Dalmacio Negro, en particular en su “Historia de las Formas del Estado” publicado en El Buey Mudo en 2010 aunque, desgraciadamente, es un libro agotado que sólo encontrarán en bibliotecas o en librerías de lance.
  13. Algo que, por supuesto, siempre ha estado ahí pero que sólo se descubre con el cristianismo, que da la vuelta al hombre –lo pone del revés–, al descubrir que lo propiamente humano no es condición externa alguna sino lo que hay en su interior, su intus, y ese intus es libérrimo y puede transformarse una y otra vez. Por cierto, el devenir de ese intus daría para establecer una taxonomía de la era cristiana entre el momento en que se creyó que esas transformaciones sólo eran posibles con la ayuda de Dios que es más o menos hasta el siglo XVI, el momento en el que se llegó a pensar que podían ser autónomas allá en el siglo XVIII con los ilustrados que creyeron de verdad en la “emancipación” del hombre por sí mismo y el momento actual en que esa emancipación está a todas luces fracasada pero se actúa como si aún pudiera darse.

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2 comentarios

  1. Pedro Pérez

    Totalmente de acuerdo con usted, señor Miró. Magnífico artículo. Extraordinariamente desarrollado. Mis más sinceras felicitaciones, de nuevo.
    Yo no viví el régimen anterior a este que padecemos, aunque eso sí, es abundante lo que he leído y he estudiado, amén de haberme relacionado extensamente con mis mayores (incluyendo en este grupo tanto a propios como a ajenos), y de haberlos escuchado con atención. Quizá sus enseñanzas directas posean mayor valor que mil tratados de Historia.
    De hecho, yo afirmaría sin excesivo temor a equivocarme que lo que llaman actualmente estado del bienestar y “de las libertades” (buena parte de lo cual ya fue creado por el general Franco y sus sucesivos Gobiernos en la etapa de mayor desarrollo económico y social jamás conocida por esa realidad universal, inmaterial e inmutable, al margen de lo que decidan sus ciudadanos según las épocas, que SIEMPRE será España) se ha ido literalmente por el desagüe, quedándonos tan sólo un resto de mediocridad esplendente; eso sí, mediocridad con legiones de voceros a sueldo para que la preconicen a todas horas. Especialmente a partir de 2005.

    De suerte que llegados ya los años veinte de la primera centuria del tercer milenio, avanzamos a la velocidad de la luz hacia el totalitarismo, entendido este como pensamiento y conjunto de pseudo-valores culturales únicos contra los que no cabe argumento o crítica alguna; vamos, parafraseando (un poquitín) a los comentaristas de Nietzsche: el reino en expansión de los significantes y significados políticamente correctos (que no vacíos). ¡Dios bendito!¡No existe dictadura más asfixiante! El clima político se torna de todo punto irrespirable debido precisamente a la domesticación de la ciudadanía española hasta extremos inconcebibles hace apenas cincuenta o sesenta años. Para ello previa y necesariamente dicha ciudadanía ha pasado-se ha dejado pasar, si se me permite la expresión- por un planificado proceso de envilecimiento y adocenamiento. Casi, casi por completo silente.

    La población no deja de ser machacada con mensajes contrarios al sentido común, las leyes, comenzando por la Carta Magna con la que a mucho botarate se le inunda la boca, resultan sistemáticamente violadas, los legisladores, al servicio de globalitarios y anticristianos, están despojando de todo valor y dignidad la vida humana, QUE ES EN SÍ MISMA SACROSANTA DESDE LA CONCEPCIÓN HASTA SU FINAL NATURAL, nuestros gobernantes mienten con descaro cada día, incluso en asuntos tan terribles y sensibles como las decenas de miles de víctimas de esta ¿pandemia programada?, etc., etc.
    Y sin embargo, parece que el ciudadano medio, que el ínclito pueblo español todo se lo traga (sus tragaderas alcanzan ya la dimensión cósmica) y no reacciona…¿o sí? ¿Hasta cuándo una sociedad tan fieramente decadente (pues esto sí es auténtica decadencia) puede sobrevivir?¿Cuánto tiempo tardará en colapsarse? ¿Es que la “santísima mayoría” no se percata de que nos conducen directamente al cantil, al abismo? ¿No se da cuenta la gente de que nos estamos suicidando como nación, como sociedad, como civilización incluso, poniéndonos más trascendentales?

    En resumen: ¡¿HASTA CUÁNDO?! y sobre todo, ¿ES POSIBLE AÚN DESANDAR EL LUENGO DESPROPÓSITO Y RECUPERAR PARA ESPAÑA TODO AQUELLO, EN CUALESQUIER ÁMBITOS, QUE NUNCA DEBIMOS PERMITIR QUE QUE NOS ARREBATARA UNA CLASE POLÍTICA MISERABLE HASTA LA MÉDULA Y AL SERVICIO (HECHA LA EXCEPCIÓN CONOCIDA POR QUIENES POSEAN TODAVÍA DOS DEDOS DE FRENTE, CLARO) DE LOS INTERESES ESPURIOS Y NETAMENTE MATERIALISTAS DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL?

    Mil gracias de nuevo, señor Miró. Reciba cordiales y afectuosos saludos.
    P.D.: yo también prefiero el “usted”. Es pura cuestión de educación, respeto y buenas formas.

  2. Daniel R. Cardoso

    Siento disentir pero yo creo que es justamente al revés: nos han quitado las libertades concretas en nombre de una libertad abstracta concretada en un texto mal llamado constitución. Sencillamente compárese los Fueros generales de la Edad Media con las Constituciones modernas.
    El problema es que la verdadera libertad, la antigua, se basa en los deberes y en los derechos: el del gobernante con el gobernado, viceversa y entre si estipulados en unos textos, costumbres y tradiciones concretas que nadie podía cambiar sin previo acuerdo de todos. Vg: los deberes del rey eran: justicia, paz interior y defensa, los del pueblo: pagar los gastos pactados y acudir a la defensa. Reparese el vocabulario de estas estipulaciones: pacta, convenia, conventa, concordia, placita, decreta, ordenanza, jura, hermanamiento, acuerdo, fuero, uso, costumbre, consuetudo, capitols, constituciones, usatge, hazaña, carta, franqueza, privilegio (lex privata), libertades… solo esto en España. Otro ejemplo del respecto de los derechos lo puede dar Felipe II: para erigir el Escorial tuvo que comprar uno por uno el terreno (de matute para que no le subieran el precio) y tuvo que negociar con Segovia la cesión de la jurisdicción, con Toledo el estatus religioso, con los Jerónimos (condiciones) y con Roma. Hoy un decreto y un justiprecio declarado por el propio expropiante y sea acabó.
    Todo esto se acabó con el constitucionalismo moderno de Rousseau, heredero del nominalismo, la reforma y el liberalismo de Inglaterra et alii, amén de otras corrientes pútridas de Jacobo I (al que rebatió Suarez) y Hobbes. Poso saben esa idea totalitaria de la soberanía parlamentaria que lo único que no puede es conventir un hombre en una mujer…
    Las constituciones modernas no son más que cartas otorgadas por una elite política que tiene todo el poder y se justifica por unas elecciones cada 4 años de representantes sin mandato imperativo de los electores.
    En la Edad Media los impuestos eran cerrados, si el rey quería gastar más se lo debían conceder las Cortes, cuyos representantes tenían el mandato imperativo de su ciudad. Si no lo cumplían podían acabar ahorcados como los delegados de Segovia. Hoy pueden hacer lo que quieran e, incluso, está prohibido la iniciativa popular en esta materia…
    Esto lo vieron unos pocos como F. Suárez, Pio VI, juristas como Von Höller(cuyo estudio de la Constitución del XII recomiendo), los carlistas (el apenas leído Manifiesto de los Persas), etc.

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